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El requerimiento para ser hijos perfectos...

Nunca grites.
Nunca llores.
Nunca hables.
No pienses diferente.
Guarda todo en una caja, al vacío.
Nunca niegues a Dios;
guarda silencio,
aunque las palabras duelan más que los golpes.
Habla solo cuando te digan.
Cuando te obliguen.
¿Podrías sentarte en silencio
y aprender que tu silencio
define tu lugar en el mundo?
En la sociedad.
Y, sobre todo, en la familia.
Porque por ser la mayor,
durante años la única mujer,
no te toman en serio.
Aunque una y otra vez
hayas demostrado
que eres mucho más capaz
que los varones de tu casa.
Vuelve a la casa.
A la caja donde descansan
los sueños rotos.
Y empieza a cumplir
los sueños de otros:
las visiones de tus padres,
de tus abuelos,
de tus bisabuelos.
¿Podrías olvidarte de ti?
Sé el bastón emocional de todos
con tu profesión.
Lo que realmente quieras
ya no importa.
Debes cumplir el mandato familiar.
Es la situación donde el abuso no se ve,
donde se calla lo evidente,
donde todo permanece latente,
porque las palabras se mezclan
con la ineptitud
y la inutilidad
que aprendiste a sentir.
Pero no importa.
Mientras sigas cumpliendo el legado,
perteneces al clan.
Un clan donde, generación tras generación,
se repite la misma historia.
Nadie la ve.
Y cuando alguien intenta ver,
aparece una excusa.
El silencio se protege a sí mismo.
Se hace la vista gorda.
No existe un número al cual llamar.
No hay una puerta a la cual ir.
Porque tú eres la oveja negra.
La cabra loca.
La condena.
El silencio de tus mayores.
La única que intenta hacerlo diferente.
El requerimiento principal
para ser el hijo perfecto
es ser
ciego,
mudo
y atado del cuello.

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