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lunes, 24 de agosto de 2026

Cuento: Frenesí

Cuéntame el cuento del árbol dátil, de los desiertos
De las mezquitas de tus abuelos 

Dame los ritmos de las darbukas y los secretos
Que hay en los libros que yo no leo

CONTAMINAME - ANA BELÉN, VICTOR MANUEL 


Título: Frenesí

 

En el cielo los dioses, en la tierra los humanos, pero en el plano celestial más allá de los sueños, la luna y el sol se alejaban; aprendieron a vivir sin ambos. Los primeros humanos adoraban esta unión, pues creían que era la virtud y la fuerza unidas; eran la capacidad de crear.

En las mitologías, el amor era magia; era la contemplación divina de estar en numinosidad eterna. El sol tenía la virtud de entender y comprender a la belleza que Dios creador le había enseñado a amar. La realidad es que el sol no giraba alrededor de la tierra, sino más bien se entregaba a la luna, que, además de ser su amante, era su compañera de aventuras y la única que le escuchaba… Llevaban una relación de milenios y eso era una complicidad nata.

El sentimiento era algo telúrico y dejaba un terremoto en el corazón cálido de la luna. Aunque a veces era solo frenesí, ella no era de constipar el corazón con pensamientos que valían la pena; de la mundanalidad del mundo solo era algo que ellos dos solamente entendían y era importante. Se comprendía en la redamancia de una sensación llevada en el cuerpo y más cuando se quiere algo con todo.

Las estrellas en el cielo eran protectoras; Venus guardaba el brillo en el celaje de los ojos de los astros. Este era de un color luminoso y capaz de atravesar hasta los miedos más grandes de los humanos, y es por eso que estos mortales tenían gran respeto por todo lo que daban ellos; después de todo, eran los padres del amor.

Y las penas del alma a veces se convierten en aporías que hacen sangrar a cada uno de nosotros; el trauma se vuelve mortal y aleja de lo importante.

Y los siglos pasan y a veces la memoria se olvida de la importancia de amar, sin dejar de creer como niños, y es allí claramente que se vuelve catarsis y la excusa para herir de la misma manera en que la muerte llega, pero mientras que el sol y la luna se encuentren en las miradas y el frenesí de sus hijos, se piensa que hay esperanza en hacer la paz.


Así comienza esta pequeña historia en donde el grimorio, lo que es mágico, ya no se confunde con lo normal, pues el milagro de las pequeñas cosas es la solicitud del sol y la luna al bajar a la tierra y lograr oler el petricor, un olor a tierra mojada para salvar el amor, así que cada eclipse lunar que en el tiempo de conticinio se encuentra para crear estrellas y vida celestial.

Todo tiene una razón de ser bendita, que se ahoga con cada intempestivo cambio de estación; por ejemplo, cuando se encuentra en verano, el sol extraña a la luna y no de una manera que sea entendible…

Es un amor en frenesí, que desnuda cada parte del ser y que deja a la bella luna en un silencio prestado, ese que se rompe.

De hecho, cada eclipse abre una pequeña puerta en la que los amantes cósmicos se encuentran y pueden crear paz en el universo; aunque a veces los dioses no lo entiendan, a ellos no es que les importe mucho, pues después de ellos no existe algo más.

—Mi querida y perlada esposa —habló el señor Sol en los términos más tiernos con que un ser se puede referir a una doncella que, a términos de bondad, era mucho más enorme que él.

Ella calma, como siempre se acerca, esperando tranquilamente. —¿Querido?

—Dime, ¿aún me amas? —El sol se preguntaba aquello con temor, pues la diosa de la luna tenía demasiados adeptos, que la adoraban más que a él.

La luna, que no era inquieta y que sabía perfectamente que era su esposo, a veces se comportaba como un hombre, sonrió... Corriendo un poco las nubes para que conocieran sus hijas las estrellas...

—Ven, mira —lo tomo de su mano tranquilamente y lo llevo a la ventana—, cada estrella es una muestra de amor. —Entonces mostró las cicatrices que a veces se escondían por el reflejo que él le brindaba. —Son parte tuya y mía… y de cada una de nuestras hijas en el plano celestial. Y nuestros hijos en la tierra ven el amor de sus padres y lo materializan en el arte. En las miradas y en las pasiones que amoldan sus vidas, después de todo, fuimos los primeros en dar entrada a la vida, y al amor.

 ¡FELIZ DÍA DEL LECTOR!

 

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