Título: Frenesí
En el cielo los
dioses, en la tierra los humanos, pero en el plano celestial más allá de los
sueños, la luna y el sol se alejaban; aprendieron a vivir sin ambos. Los
primeros humanos adoraban esta unión, pues creían que era la virtud y la fuerza
unidas; eran la capacidad de crear.
En las mitologías, el
amor era magia; era la contemplación divina de estar en numinosidad
eterna. El sol tenía la virtud de entender y comprender a la belleza que Dios
creador le había enseñado a amar. La realidad es que el sol no giraba alrededor
de la tierra, sino más bien se entregaba a la luna, que, además de ser su
amante, era su compañera de aventuras y la única que le escuchaba… Llevaban una
relación de milenios y eso era una complicidad nata.
El sentimiento era
algo telúrico y dejaba un terremoto en el corazón cálido de la luna.
Aunque a veces era solo frenesí, ella no era de constipar el corazón con
pensamientos que valían la pena; de la mundanalidad del mundo solo era algo que
ellos dos solamente entendían y era importante. Se comprendía en la redamancia
de una sensación llevada en el cuerpo y más cuando se quiere algo con todo.
Las estrellas en el
cielo eran protectoras; Venus guardaba el brillo en el celaje de los
ojos de los astros. Este era de un color luminoso y capaz de atravesar hasta
los miedos más grandes de los humanos, y es por eso que estos mortales tenían
gran respeto por todo lo que daban ellos; después de todo, eran los padres del
amor.
Y las penas del alma a
veces se convierten en aporías que hacen sangrar a cada uno de nosotros;
el trauma se vuelve mortal y aleja de lo importante.
Y los siglos pasan y a
veces la memoria se olvida de la importancia de amar, sin dejar de creer como
niños, y es allí claramente que se vuelve catarsis y la excusa para herir de la
misma manera en que la muerte llega, pero mientras que el sol y la luna se
encuentren en las miradas y el frenesí de sus hijos, se piensa que hay
esperanza en hacer la paz.
Así comienza esta pequeña historia en donde el grimorio, lo que es mágico, ya no se confunde con lo normal, pues el milagro de las pequeñas cosas es la solicitud del sol y la luna al bajar a la tierra y lograr oler el petricor, un olor a tierra mojada para salvar el amor, así que cada eclipse lunar que en el tiempo de conticinio se encuentra para crear estrellas y vida celestial.
Todo tiene una razón
de ser bendita, que se ahoga con cada intempestivo cambio de estación; por
ejemplo, cuando se encuentra en verano, el sol extraña a la luna y no de una
manera que sea entendible…
Es un amor en frenesí,
que desnuda cada parte del ser y que deja a la bella luna en un silencio
prestado, ese que se rompe.
De hecho, cada eclipse
abre una pequeña puerta en la que los amantes cósmicos se encuentran y pueden
crear paz en el universo; aunque a veces los dioses no lo entiendan, a ellos no
es que les importe mucho, pues después de ellos no existe algo más.
—Mi querida y perlada
esposa —habló el señor Sol en los términos más tiernos con que un ser se puede
referir a una doncella que, a términos de bondad, era mucho más enorme que él.
Ella calma, como
siempre se acerca, esperando tranquilamente. —¿Querido?
—Dime, ¿aún me amas?
—El sol se preguntaba aquello con temor, pues la diosa de la luna tenía
demasiados adeptos, que la adoraban más que a él.
La luna, que no era
inquieta y que sabía perfectamente que era su esposo, a veces se comportaba
como un hombre, sonrió... Corriendo un poco las nubes para que conocieran sus
hijas las estrellas...
—Ven, mira —lo tomo de
su mano tranquilamente y lo llevo a la ventana—, cada estrella es una muestra
de amor. —Entonces mostró las cicatrices que a veces se escondían por el
reflejo que él le brindaba. —Son parte tuya y mía… y de cada una de nuestras
hijas en el plano celestial. Y nuestros hijos en la tierra ven el amor de sus
padres y lo materializan en el arte. En las miradas y en las pasiones que
amoldan sus vidas, después de todo, fuimos los primeros en dar entrada a la
vida, y al amor.
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